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Compañero socialista. He decidido escribirte en
un momento muy importante para mí y, aunque quizás no veas la dimensión
de todo lo que representa, también para ti. El próximo jueves va a debatirse
en el Congreso de los Diputados la Ley de Memoria Histórica. No sabes
la alegría que me ha producido esa noticia en medio de este otoño húmedo,
con el que llevo tantos años conviviendo, el del olvido.
Me produce alegría porque llevo mucho tiempo esperando a que alguien
me represente en ese Parlamento. Desde el 20 de noviembre de 1975 esperaba
que ocurriera algo así. Mientras gobernaba la UCD no tenía muchas esperanzas,
a pesar de que mi mujer, o mi viuda, cobrara en 1979 y por primera vez
una mísera pensión por mi muerte, cuarenta años más tarde de que empezaran
a cobrarlas las viudas de los franquistas y sin que le correspondieran
atrasos. Porque esos atrasos que nunca tuvieron fueron retrasos para
mi familia.
El día que se aprobó la Ley de Amnistía fue uno de los peores de mi
muerte. Ver a los diputados de izquierda diciendo sí a la impunidad
para los franquistas que habían asesinado y torturado a miles de ciudadanos
me dolió inmensamente. Pero pens&aeacute; que algún día cambiarían las cosas,
y en eso andamos.
La llegada de Felipe González al poder multiplicó mis esperanzas, casi
pensé que la tierra se abría ante mis ojos y que iba a poder ver de
nuevo las montañas que rodean mi pueblo y a sentir las manos de mis
descendientes llevando mis huesos a un lugar menos frío y más digno
que esta mísera cuneta que me concedieron mis asesinos.
Los años del socialismo iban pasando, pero mis posibilidades de ver
el cielo no aumentaron. Entonces murió mi mujer, sin poder saber qué
era lo que me había ocurrido y haber vivido más de cincuenta años con
esa incertidumbre y esa angustia. Murió sin poder disfrutar del derecho
a la verdad y a la justicia y eso dice muchas cosas de una democracia.
Entonces, en el año 1990 escuché que iba a aparecer una ley para los
prisioneros políticos de la dictadura. Y pensé que había llegado el
momento de promover la justicia con las miles de víctimas que generó
el franquismo en su lucha por mantener los privilegios de la Iglesia
católica y de las grandes fortunas españolas. Llegó esa ley pero sólo
dieron indemnizaciones a los presos políticos que habían estado detenidos
en la cárcel más de tres años. Y mi hermano Eufrasio que estuvo dos
años y medio, colgado de los pies hasta dos días seguidos, apaleado
mientras la sangre le inflamaba el rostro, y que salió convertido en
un hombre con el espíritu molido, que nunca más volvió a ser el mismo,
no tuvo derecho a nada. Para mí ese día fue el fin de la esperanza.
Entonces pasó la legislatura de González y apenas si se entregó la nacionalidad
a los Brigadistas Internacionales. Y mis esperanzas de justicia, de
una pequeña justicia, la justa, se desvanecieron.
No quiero ni recordar lo grande que fue mi disgusto cuando el Partido
Popular ganó las elecciones. Allí estaban otra vez, maquillados por
la democracia pero eran los mismos. Gastaron dinero en exhumar a los
Caídos de la División azul en el frente soviético.
El gobierno de Aznar
financiaba a una fundación alemana para que fueran exhumados los españoles
que lucharon junto a Hitler. Y la izquierda del parlamento apenas protestaba.
Los ministros populares asistían en el Vaticano a la canonización de
los religiosos asesinados por los rojos y nadie se escandalizaba.
Ellos hacían su trabajo pero Dónde estaban los políticos que a nosotros
nos representaban o es que no nos representaban?
Uno de mis mayores disgustos fue cuando en noviembre del año 1998 el
dictador Augusto Pinochet fue detenido en Londres por la acción de un
juez español. Entonces me di cuenta de que yo y los miles de hombres
y mujeres que soportamos injustamente el peso de la tierra sobre nuestros
huesos y el ruido de las cunetas no existíamos para la sociedad española,
para su opinión pública. En esos días me preguntaba qué habría ocurrido
para que un pueblo olvidase de esa forma su historia, su propia experiencia
colectiva.
En el año 2000 pude ver el primer rayo de esperanza. Cuando me enteré
de que un grupo de arqueólogos y forenses había desenterrado una fosa
en un pueblo de León. Por lo visto los nietos de uno de los asesinados
habían promovido la apertura de la fosa para llevar los restos de su
abuelo junto a los de su abuela.
Entonces seguí escuchando que otros nietos buscaban a sus abuelos en
otros sitios y para mí fue el principio de la esperanza. Las fosas se
abrieron de una en una, sin ayuda del Estado, pero se abrieron. Y esos
nietos no han parado. Consiguieron que el 20 de noviembre de 2002 se
condenara el golpe de Estado franquista por primera vez en el Congreso
de los Diputados. Y se empezó a debatir sobre la Transición y si había
sido necesario el olvido de nuestra historia. Unos decían que es que
entonces había mucho miedo. Si yo les contara lo que es el miedo, si
les explicara cómo se siente uno cuando un grupo de falangistas llaman
de noche a la puerta de tu casa y te detienen y tu mujer y tus hijos
te miran abrazados, llorando, paralizados por el pánico, y los falangistas
te conducen hasta un muro y te insultan y sientes el frío del cañón
de una pistola en tu sien y lo último que piensas vivo es en un mundo
dominado por esos asesinos en el que tu mujer y tus hijos tendrán que
sobrevivir sin un padre de familia que pueda defenderlos. Eso sí es
el miedo; y en estado puro. Y si a eso le añades que en las cunetas
estamos hombres y mujeres que queríamos más educación, más bienestar
para todos, más oportunidades y un Estado laico, pues peor que peor.
Pero vuelvo a lo de ahora, que me interesa porque los muertos, como
los vivos, no tenemos nada más que el presente, el de nuestro recuerdo.
El jueves 14 de diciembre se debate el proyecto de Ley de Memoria Histórica
y el partido al que perteneces pretende que sigamos aquí, que nuestro
recuerdo se quede en el ámbito de nuestros descendientes y que nuestro
sufrimiento y el de nuestros seres queridos no forme parte de la experiencia
social con la que se construye la memoria colectiva.
Tú eres militante del partido que gobierna. Y aunque suene un poco manido
imagino que te afiliaste a él porque no te gustaban o no te gustan las
cosas que ves en el mundo y prefieres otro mundo más justo. Por eso
me hice yo socio de la Casa del Pueblo. Te escribo porque te quiero
pedir algo; ayuda. Necesito que me ayudes porque nosotros, los que estamos
en estas cunetas éramos como tú y queríamos un mundo justo. Necesito
que me ayudes porque el partido que gobierna es en parte tuyo y no de
tus dirigentes que se mueven al calor de las encuestas. Necesito que
me ayudes porque lo importante no son las siglas ni los cargos, sino
las ideas y realmente lo que la gente tiene en la cabeza es lo que transforma
el mundo.
Nosotros imaginamos hace 75 años que en España podía existir una democracia
y ahí la tenéis. Imaginamos que podría haber educación universal y ya
existe. Imaginamos muchas cosas para vosotros y fuimos castigados por
empezar a construirlas.
Por eso te pido que utilices tu derecho a participar de las decisiones
que toma tu partido cuando gobierna, que utilices esa acción que es
tu carné de militante, que empujes y exijas una ley de memoria histórica
que por fin haga justicia y que no deje que los gritos de mi mujer y
mis hijos cuando me llevaron de paseo y todo su sufrimiento caiga
en el silencio, caiga en saco roto, caigan en el olvido mientras el
causante de todas esas desgracias permanece enterrado en un mausoleo
faraónico.
Hay momentos en la historia de un país en que la política puede protagonizar
experiencias de gran dignidad y sin duda hacer justicia para los que
sufrimos el franquismo es uno de esos momentos. Por eso te escribo después
de haber visto en 30 años de democracia que no se escuchaba mi voz y
te pido que unas tus fuerzas a las de esos nietos que nos buscan (quizás
tú eres uno de ellos) y que presiones a tus dirigentes para que modifiquen
ese proyecto de ley y pongan al franquismo en el lugar que merece en
la historia. Si te acercaste a la política de tu partido para mejorar
la sociedad con letras mayúsculas ahora tienes una oportunidad para
hacerlo.
Y si hacéis una ley justa, que extienda a la sociedad nuestra experiencia
colectiva, yo me quedaré tranquilo y aunque nunca me encuentren en esta
cuneta, que ojalá lo hagan, sentiré que mi vida y mi muerte merecieron
la pena y podré hablar a través de los libros de texto, a través de
la memoria colectiva y así no estaré tan desaparecido. Te agradezco
todo lo que puedas hacer por mí y por los que como yo creímos que la
mínima libertad que merece un ser humano es la que tú tienes. Espero
noticias tuyas.
(Lo mismo te digo a ti que tienes otro carné o que no lo tienes pero
crees en estas ideas que son el código genético de los hechos).
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